Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

No, hoy no

Archivado en Diario • Fecha: 06-05-2006 22:21:30

Hoy no ha sido una buena mañana, sin embargo, todo parece cambiar al atardecer.

Hoy no ha sido una buena mañana. Los pensamientos han estado galopando alocadamente por mi mente desde que ella desapareció y dejó la misma canción de siempre pausada, dando un margen al desenlace durante el que tuviera que torturar mis sentimientos hasta el punto de enloquecer. Fui matando lenta y dolorosamente al tiempo (¿o quizás me mataba él a mí?) entre marismas de trabajos todavía por entregar. Pero no, ni podía ni quería permanecer así todo lo que me quedaba de día. No sé qué era peor si el agobio rutinario de un periodo de exámenes que se avecina a pasos agigantados o mi rosa de los sentimientos que marchitaba poco a poco, aferrándose cada pétalo y rasgando cada púa alguna zona que durante mucho tiempo había creído muerta, por ella. Necesitaba vomitarle mis penas a alguien, pero Verónica no estaba disponible, así que decidí dejarme arrastrar por uno de mis mejores placeres: dar un paseo acompañado únicamente de mis pensamientos.

Eran las seis de la tarde, tenía tiempo para reflexionar. Manos en los bolsillos (los pulgares hacia fuera para ahuyentar a indeseables), cabeza gacha buscando la autoestima que perdí algún día y a caminar. ¿Dónde iba? No lo sabía. O quizás sí. Siempre acabo en el mismo lugar.

Apenas había recorrido medio camino siento que alguien se me acerca desde atrás por la izquierda, se pone a mi altura, se gira y en inglés me comenta:

-Pareces preocupado
-¿Preocupado?- Respondo yo- Yo no estoy preocupado. ¿Por qué dices que parezco preocupado?
- Se te nota en la cara, vas…

El ruido del tráfico impidió que oyera el resto.

- Bueno… no es un problema muy grave. Mujeres. Siempre son un problema. Es igual. No te preocupes.

“No te preocupes”… El extraño acabó diciendo algo que no conseguí entender mientras yo reducía el paso deseoso de separarlo de mi lado. Quise despedirme, “bye”, pero no me salió. Él siguió caminando y al poco desapareció.

¿Cómo era posible que supiera lo que me pasaba? ¿Tanta preocupación reflejaba mi cara?¿Por qué un extraño me habla en inglés en esta pequeña ciudad con la plena confianza de que voy a poder contestarle? ¿Acaso no parece esto sacado de una película?

Estos pensamientos obligaron a mi boca a esbozar una ligera sonrisa. Sería la primera del día.

Seguí dejando a mis pies que me llevaran por toda la ciudad, como siempre. Estaba marcado en mi programa de transeúnte, primero tenía que recorrer varias calles rodeando, e incluso pasando de largo, la calle donde estaba mi meta. No sé, me gusta perderme entre la gente, quizás porque me sienta especial, quizás porque me sienta uno más.


Pasé por delante de una plaza y no pude evitar cruzar al escuchar como alguien mal entonaba una melodía típica con el claro objeto de lograr unas risas entre un público de todas las edades. Allí observé a un hombre vestido de mujer encima de un escenario haciendo auténticas payasadas con su compañera de reparto. Fue extraño, nunca me han hecho gracia los payasos, siempre me he lamentado de mi sobrio sentido del humor, y sin embargo éstos no consiguieron una sonrisilla, sino toda una carcajada. Comencé a pensar que la ciudad se había puesto de acuerdo por acallar las perversiones de mi mente siempre dispuesta.

Seguí con mi camino acordándome de lo hasta entonces sucedido. Llegué por fin a la famosa librería (una de dos en toda la ciudad) donde siempre me gusta perderme. Entré y me oculté entre los cientos de árboles mecanografiados que se alzaban ante mí con orgullo y picardía llamando mi atención para que me los llevara a todos a casa: ensayo, narrativa, poesía…, misterio, drama, terror… ¡Ah! Quién pudiera tener tiempo…

Sin embargo esta vez no quise recorrerme todo el bosque frondoso, algo me decía que siguiera, que esa tarde parecía tener el viento más que a favor, a mi lado.

Caminando acabé en otra plaza, nuevamente atraído por unos altavoces que gritaban los nombres de tantos extraños que paseaban por los alrededores. Esta vez lo hacían con música africana. Curioso que es uno, me acerqué para ver el pequeño escenario que se alzaba en representación de una ONG para ayudar a nuestro país vecino. A pocos metros de distancia me di cuenta que, dentro de una de las casetas de ayuda, estaba mi colega David, fui a saludarle cuando de pronto me llamó Patrick desde el puesto de al lado. Al cabo de poco apareció también Sergio. Fue toda una sorpresa verlos ahí, nunca hubiera pensado que estos chicos eran voluntarios. Sentí la obligación moral de echar una firmita para apoyar la causa (ayuda para África) y me quedé charlando con ellos un ratillo mientras me enseñaban fotos del último festival al que habían ido, al que casi la mitad de mis conocidos habían ido.

Continué con mi recorrido ya más alegre. Sin problemas que perturbaran mi mente. Me dirigía ya a casa cuando volví a pasar por la plaza de los payasos. Seguía escuchando voces, creía que seguían ahí. Entonces me di cuenta de que por detrás descansaban placidamente las casetas del Día del libro que momentos antes casi había ignorado. Y la voz ya no provenía del simpático hombre travestido, ni de su compañera alocada, sino de un hombre que, sentado en una mesa única y con un micrófono delante, hablaba a unas pocas personas que habían ocupado todos los asientos que habían sido situados para la ocasión. Lo que me hizo acercarme a cotillear fue el escuchar en el aire y en tono severo estas dos palabras: Los nostálgicos. No había duda alguna, fuera lo que fuese era algo que me iba a interesar.

El hombre era el psicólogo y escritor Bernabé Tierno. Se encontraba allí, hablando, a los sentados y a todo curioso que se acercaba, sobre su nuevo libro y dando, al mismo tiempo, claro ejemplo de su contenido: la felicidad de las personas. Me quedé allí de pie a escucharle. Entre las flores que el buen hombre se echaba pude coger un buen concepto sobre lo que debía de ser ser una persona feliz. Me convenció de pensar que nosotros somos felices cuando queremos ser felices. Pese a que no me gustó su actitud de sobrao ni que dejase tan a la legua que estaba allí para vender su libro (de lo que no le culpo en absoluto) le agradecí enormemente aquel discurso que iba para todos pero que yo consideré dedicado. Por un momento volvía a sentirme persona. La conferencia se había acabado, pero yo no podía irme sin recorrerme la feria.

Tras seguir buceando entre miles de libros expuestos, y después de que mis ojos y mi sonrisa se cruzaran con los de una de las vendedoras (negro pelo, claros ojos, una delicia de boca y un cuerpo de los que quitan el hipo), historia que si eso otro día cuento, decidí volverme a casa. Se hacía la hora de cenar.

El camino se me hizo cortísimo, toda la gente se quedaba pasmada del brillo de mis ojos y de mi resalada hermosura. Hoy mi ciudad natal, de la que tantas veces me quejo, me había dado una valiosa lección, hoy el mundo no me quería ver llorar.

Escrito por Ramón Rodamón
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink


Referencias (URL para referencias)


Comentarios


Comentar



Recordar datos




LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009